Todo pasa por la economía

Que las elecciones europeas se lean en España en clave doméstica es una obviedad por partida doble. Primero, porque a riesgo de meter la pata, sospecho que la clave nacional es común a todos los países europeos. Al menos para la mayor parte de electorado. En segundo lugar, porque en España la política de rango estatal es el principio y el fin de todas las cosas; no me sorprendería que las próximas elecciones a la comunidad de vecinos se interpreten a partir de lo que suponen para el futuro de Pedro Sánchez, de Feijóo o para el futuro del país.

Si en anteriores ocasiones las cuestiones a dirimir en el Parlamento Europeo eran de perfil técnico y de una intensidad política baja en apariencia (solo en apariencia; en realidad la mayor parte de la legislación que se aprueba llega desde Bruselas y Estrasburgo), ahora la UE tiene retos políticos de primer orden. De tan repetidos parecen un mantra, pero siguen por resolver: transición ecológica, autonomía estratégica (desde un punto de vista geopolítico y de defensa, pero también industrial), política comercial y la necesidad, casi imperativa, de no perder el tren tecnológico. Y, como trasfondo, una demografía a la baja.

No está esta columna para resolver cuestiones existenciales o destacar preferencias políticas, por más sorprendente que resulte la pujanza de planteamientos suicidas al estilo del Brexit. Además, aunque solo sea porque los grandes retos de los que hablan los hombres de Estado cuesten bastante dinero, buena parte de los problemas de la UE entroncan con algo tan prosaico como el crecimiento económico. El continente ha podido superar varias crisis encadenadas (Brexit, pandemia e inflación) y ha esquivado la recesión en 2022-2023, pero para convencer al ciudadano del proyecto Europa necesita crecer, competir y crear empleo.

“La nueva Comisión se centrará en tres prioridades: el retraso de la productividad de Europa con respecto a EE.UU [apenas ha subido un 5% por encima de los niveles de 2015]; los cambios necesarios en las estrategias industriales y de mercado único [desde 2011 EE.UU invierte en industria 1,5 puntos de PIB más al año] y, por último, la consolidación y orientación del espacio fiscal para hacer frente a las fragilidades estructurales”, resume Goldman Sachs.

Las últimas cifras económicas, no obstante, apuntan vientos algo más favorables. “Nos ha sorprendido cómo marcha la actividad en la UE, esperábamos un crecimiento más débil. Y el tono positivo incluye a Alemania”, explica Mariano Valderrama, economista jefe de Intermoney. La primera potencia de la UE ejemplifica cómo la desglobalización de los últimos cinco años ha impactado en el Viejo Continente: el motor industrial germano se basaba (simplificado al extremo) en usar energía barata (gas ruso) para fabricar bienes de alto valor añadido para exportar (sobre todo a China). La guerra y la tensión comercial han tumbado este modelo, lo que explica la premura por encontrar una hoja de ruta.

Productividad, política industrial y espacio fiscal son, para Goldman Sachs, las prioridades de la nueva Comisión

En 2020 la UE logró acordar un plan sin precedentes, recurriendo a endeudamiento conjunto, para capear el impacto de la pandemia. Bruselas necesita recuperar ese impulso, pero además de voluntad política precisa capacidad financiera. Y el gasto público, tanto el apoyado en los fondos Next Generation como el doméstico, ya ha aportado lo suyo para que Europa esquive la recesión. En este sentido, el recorte de rating de S&P sobre Francia (de AA a AA-), de la semana pasada, es un serio toque de atención. La agencia de calificación prevé un déficit del 3,5% en 2027 (frente al 2,4% previsto por el Gobierno). “Es probable que las trayectorias de la deuda empiecen a divergir en los cuatro grandes. Esperamos que los saldos primarios de Alemania y España mejoren a un ritmo suficiente para que los ratios de deuda caigan, pero también que los ratios de deuda de Francia e Italia aumenten en los próximos tres años”, indica Goldman.

Así, aunque necesita más inversión, la zona euro ha pactado la vuelta a las reglas fiscales como antídoto ante un BCE que ha dejado de ejercer de comprador de la deuda emitida por los Estados. Las cuentas públicas vuelven a escena. “Se va hacia un ajuste muy progresivo”, matiza Mariano Valderrama. “Una vez que el crecimiento consolide su recuperación los estados podrán dejar de dopar la economía. Así, los ejercicios 2024 y 2025 son de transición. 2026 es el año donde terminan los fondos europeos, pero como se están desembolsando con retraso, habría todavía algo de margen ahí que permita empezar a ajustar el déficit sin lastrar demasiado el crecimiento”.

Y aquí de nuevo volvemos a la casilla de salida: el crecimiento. Los informes de Mario Draghi y Enrico Letta apuntan, precisamente, a cómo articular una Europa más dinámica. Más inversión, coordinación en el gasto público, un mercado de capitales unificado que sea capaz de movilizar el ingente ahorro embalsado en el Continente, y buscar, también, vías para encontrar mayor financiación pública. “Tendremos que invertir una cantidad enorme en un plazo relativamente corto en Europa. Y espero con impaciencia este debate para saber qué piensan y preparan los ministros de Economía sobre cómo financiar estas necesidades de inversión”, señaló Draghi ya en febrero. “Europa tiene que invertir en proyectos dilatados en el tiempo y diferenciales. Si inviertes en construcción vas a repetir los males del pasado y generar inflación”, argumenta Valderrama. Y, mientras Bruselas ha retocado los fondos Next Generation para acelerar su desembolso (apenas el 37% se ha desembolsado en cuatro años, y quedan dos), la Inflation Reduction Act estadounidense sedujo al capital privado desde el primer día.

Las bases están sentadas. Europa tiene capacidad financiera, tiene capital humano y, aunque los siete magníficos vienen (más o menos) de Silicon Valley, el Viejo Continente tiene líderes en sectores punteros (ASML o Novo Nordisk), y no tan punteros como el lujo o el textil. Lo que no tiene es tiempo que perder. Para 2027, estarán en vigor las reglas fiscales y los fondos Next Generation, de salida. No sabemos qué pasará con Ucrania, si habrá más o menos barreras comerciales con China y si un reelegido Trump cumplirá sus amenazas de dejar a Europa sin el paraguas defensivo estadounidense. Tampoco qué habrá pasado en las elecciones de Alemania y Francia de 2025 y 2027. Demasiados interrogantes para dejarse llevar por la inercia, la desidia o las emociones.

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