EE.UU. y Europa convergen

A lo largo del tiempo, ha sido un cliché económico afirmar que Estados Unidos (EE.UU.), como locomotora mundial, siempre va un paso adelante en el ciclo económico respecto a Europa. En términos generales, esto ha sido cierto. Sin embargo, desde finales de 2023, hemos observado una creciente divergencia entre ambos ciclos, llevando a un claro desacoplamiento entre las economías a ambos lados del Atlántico… hasta ahora.

Antes de abordar la reciente convergencia, es importante recordar de dónde venimos. Y no nos referimos a hace años, ni siquiera meses: basta con unas pocas semanas. Durante este periodo, observamos a EE.UU. mostrando consistentemente datos económicos, de crecimiento y de empleo significativamente mejores que los de la media europea, con la excepción de España. Asimismo, EE.UU. presentó tasas de inflación más altas, algo esperable en una economía más dinámica. En este contexto, la expectativa era que Europa podría comenzar a bajar los tipos de interés –lo cual ya ha hecho– mientras que EE.UU. tendría que esperar un poco más. Aquí radica la divergencia.

Sin desestimar lo anterior, en los últimos días hemos recopilado datos macroeconómicos que sugieren que podríamos estar iniciando un camino hacia una mayor sincronización. Esta sincronización se daría tanto por una moderación de la economía estadounidense como por una aceleración de la europea.

En el caso de EE.UU., el deflactor subyacente del consumo personal –la medida de precios preferida por la Reserva Federal– se moderó una décima en términos mensuales, estabilizándose en el 2.8%. Además, el índice ISM de manufacturas cayó a 48.7, indicando una clara desaceleración en la oferta, aunque este indicador ha mostrado niveles de contracción durante varios meses sin un empeoramiento significativo de las condiciones económicas. En cuanto al empleo, comienza a mostrar señales de cierta tensión. Aunque ocasionalmente surgen datos contrarios a esta tendencia, especialmente en el sector servicios y consumo, parece que la economía estadounidense está suavemente ralentizándose.

En Europa, ocurre lo contrario: la inflación está más contenida, pero los últimos datos sugieren un ligero aumento del IPC debido al alza de precios de electricidad y carburantes. Adicionalmente, el crecimiento es mucho más lento que en EE.UU. –con España nuevamente como excepción–, aunque se observa una recuperación en casi toda Europa, aún tímida en Alemania, pero en la dirección correcta.

Comparando ambos contextos, se percibe claramente la convergencia mencionada en el título de este artículo. Esta convergencia podría beneficiarse del hecho de que Europa ha bajado los tipos de interés antes que Norteamérica, lo que debería favorecer el crecimiento en el Viejo Continente, mientras que EE.UU. tendrá más margen para controlar su inflación. La idea es que, una vez alineadas las posturas económicas a ambos lados del Atlántico, los movimientos sean más paralelos, como dos objetos flotantes moviéndose al compás de las mismas ondas.

Naturalmente, los mercados están atentos a estas dinámicas. Inicialmente, la normalización de la deuda europea debería anticiparse a la norteamericana, lo que haría más atractivos nuestros bonos a corto plazo. Además, el mayor crecimiento europeo –aunque no en magnitud, sí en dirección– y las mejores valoraciones iniciales convierten a las bolsas europeas en una inversión con más potencial que las americanas, a priori.

Sin embargo, no debemos perder de vista dos puntos cruciales. Primero, el escenario previsto podría no materializarse. En otras palabras, podría no haber convergencia. Si esto sucede, probablemente el eslabón más débil sería una aceleración inesperada de la economía estadounidense, lo que podría conllevar una mayor inflación y, en consecuencia, un cambio de postura respecto a las bajadas de tipos… o incluso nuevas subidas, aunque esto es poco probable. Esto podría ser positivo para la renta variable en cierta medida, al aumentar los beneficios empresariales, pero muy negativo para la renta fija inicialmente.

El segundo aspecto a considerar es la elección presidencial en EE.UU. en noviembre. Un cambio en la Casa Blanca podría traer cambios sustanciales que afectarían a los mercados. En particular, el programa del candidato Trump implicaría mayores déficits, no tanto por el gasto, sino por recortes de impuestos. Esto sería crucial para la deuda americana. En el ámbito geopolítico, se esperaría una actitud más suave hacia Rusia –lo cual podría ser positivo a corto plazo para las bolsas, aunque el impacto estratégico a largo plazo de una victoria rusa sería otro asunto– y una postura más dura hacia China en el ámbito comercial, lo cual sería más inflacionario debido a mayores costos en las cadenas de suministro.

En resumen, la incertidumbre habitual se ve matizada por el hecho de que comenzamos un nuevo ciclo de bajadas de tipos dentro de una nueva era de mercados internacionales menos líquidos, más inflacionarios y con bloques geopolíticos. Esto devuelve protagonismo a la renta fija frente a otras alternativas de inversión, marcando un cambio radical respecto a la década pasada. Así, la convergencia, tema de este artículo, no solo es posible, sino deseable.

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Capafons & Cia. S.L.

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